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, En el eterno vuelo del deseo..."


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lunes, 16 de agosto de 2010

Hoichi el Desorejado

Bueno .. un tiempo sin pasar por aqui .. pero las vacaciones no fue mas que puro osio al 100% xD ... de nuevo a clases =.= ... pero en fin ... para no dejar abandonado esto .. les dejo un cuento japones que en lo personal es de mis favoritos "Mimi Nashi Hoichi" o en castellano "Hoichi el Desorejado" ... ADVERTENCIA: es de fantasmas xD


Mi nombre es Hoichi, soy músico y vivo en el Tmeplo Amida bajo el noble cuidado del monje prior, que ha sido toda mi familia desde que recuerdo.


No sé quiénes fueron mis padres, supongo que me abandonaron ante el templo. De cualquier modo, lo agradezo. Mi vida ha sido plena, a pesar de mis defectos físicos, compensados con un regalo de los Dioses. Me explico. Soy ciego de nacimiento, pero poseo talento para la interpretación con el biwa; he de decir, modestia aparte, que no hay músico en la región que rivalice conmigo.


Hay tantas y tan bellas canciones en nuestro amado imperio, que no es posible comparar una con la otra, pero si hay una que me estemece y emociona a las personas, es la interpretación de la batalla de Dan-No-Ura. Aquella mítica lid en la que los clanes Genjí de Minamoto y Taira de Heiké se enfrentaron por última vez hace ya cientos de años. ¡Cómo no va a ser emotiva, si los lamentos de los caídos, el fragor de la batalla y, sobre todo la muerte del joven príncipe Antoku Tenno fueron hechos reales! Pero bueno, seguro te preguntarás por qué te estoy contando todo esto, amigo mío. Pues bien, he de reponderte que hace unos años me conteció algo escalofriante; un suceso que, de sólo recordarlo, estremece mi piel y me pone los pelos de punta. No he de pedirte que creas, sólo que testifiques. Finalmente, la decisión de creer en la veracidad de mis palabras es sólo tuya.


Ocurrio que en aquel entonces, la concurrencia de gente en nuestro pequeño poblado era numerosa. Se había corrido la voz de mi talento y no eran pocos los peregrinos que venían a escucharme interpretar mis canciones. El viejo monje se sentía contento, pues esto era un aliciente para mí y un alivio para mi soledad, afectada por mi larga vida monástica. Por aquel entonces, mi viejo mentor tuvo algunos encargos fuera del templo. Tuvo que salir varias noches consecutivas y fue una de esas noches que lo escuché.

Primero creí que se trataba de mi imaginacion, pero pronto comprobé que no. En verdad alguien había entrado al templo y se dirigía hacia donde yo estaba. Las pisadas eran fuertes, decididas y, por la fuerza de sus pisadas y el metal que resonaba por todo el jardín, me fue fácil adivinar que se trataba de un samurái. Una estentórea y ruda voz mencionó mi nombre:

- ¡Hoichi!

Por supuesto, no respondí, atemorizado de que fuese algún ronin un ladrón usurpador de armas samurai. De nuevo, escuché el llamado:

- ¡Hoichi!

-¡Ay, señor! ¡No sé quién sea a esta hora de la noche! ¡Ciego soy y no puedo distinguir quién es quien me llama!-respondí.

-¡Tengo órdenes de mi noble señor de llevarte ante su presencia! ¡Toma tus cosas y anda!

-¡Pero, mi señor, no tengo autorización para salir del templo! ¡Es de noche y amenaza con llover!, además mi mentor ha salido y si descubre mi ausencia ¡se enfadará muchísimo!

-¡Tal cosa carece de importancia para mi! ¡Toma tus cosas y ven conmigo! Mi señor sabrá recompensarte.

-Y si no es demasiada indiscreción, ¿Quién es vuestro noble amo?

Sólo el silencio me respondió. Picado por la curiosidad, decidí calzarme las andalias, vestirme y tomar mi biwa. Salí del templo, no sin cierto recelo y no bien me habñia asomado al jardín, una fuerte mano tomó la mía y con bruscos modales me jaló hacia el exterior.

Sin importar mi carencia visual, conozco bien cada recoveco del pueblo por simple tacto. Por tanto, cuando el samurai me llevó, pronto me di cuenta que el camino que estaba tomando no era ninguno que yo conociera. Estaba asustado, oía a lo lejos el sonido de las olas del mar y a las criauras nocturnas deambular por el lugar. El hombre caminaba raudo y veloz y apenas me permitió orientarme. No sé cuantas vueltas dimos, pero terminé totalmente desorientado. Al detenernos, senti calor detrás de una gran estructura, que supuse, era una monumental puerta. El samurai habló y, tas la contraseña, escuché un rechinido descomunal a la par que una sueve y perfumada brisa invadía mi olfato. Entramos y senti la frescura de un jardín. Por todos lados escuchaban sueves y eduadas voces murmurar cosas incomprensibles. El toque rudo del samurai fue reemplazado por la suavidad del tacto femenino y una voz como de campanillas me llamó:

-Así que tú eres Hoichi, perdona la rudeza de nuestro mensajero. Nuestro amo ha escuchado de tu maravilloso don y desea escucharte cantar para él. Adelante, acompáñame.

Sin más, me llevó de la mano y me internó en palacio. Me sentí embriagado por el perfume que emanaba de aquel celestial lugar, las cristalinas risas de las cortesanas y por el suave aroma del sake que bebían. Todo el lugar rezumaba majestad, cortesía y educación. Era como estar en la corte imperial, o al menos yo lo pensé así, ya que jamás había pisado un lugar tan lujoso. Suaves manos tocaron las mías, me sentí guiado ante una majestuosa figura que con portentosa educada voz me recibió:

- Así que tú eres Hoichi, el músico. He oido hablar tanto de ti, y ahora que casualmente mi corte y yo estamos cerca, decidimos que sería imperdonable no detenernos a escuchar tu celestial voz.

-Señor mio, sus palabras me halagan a indecible extremo. Jamás pensé que un noble de tan alto rango pusiese atención en tan humilde servidor.

-No te subestimes, mi buen amigo. Tu talento trasciende tu humilde mordada. Ahora, supondrás que te hemos mandado llamar por algo.

-Estoy a vuestras órdenes...

-Interpreta para nosotros tu maravillosa música, Hoichi.

Asentí y pronto el barullo cesó. Claramente pude sentir todas las miradas puestas en mi, pero no iba a amilanarme en tan glorioso momento, así que, haciendo gala de mi mejor repertorio, comencé a cantar.

No puedo describir lo que desató mi voz. Al escucharme cantar, la gente se sintió emocionada al punto de las lágrimas. Las mujeres lloraban y los hombres halagaban conmocionados mi trabajo. Horas pasaron y la emoción aumentaba, cada tema que interpretaba era un nuevo aliciente emotivo para aquellos nobles. El punto álgido fue cuando el noble daimyo me pidió una canción especial: el tema de la batalla de Dan-No-Ura, mi canción preferida.

Comencñe a cantar y al hacerlo, los llantos prorrumpieron en gritos y la emoción en desenfrenó. Yo, desconsertado, dejé de cantar, pero me pidieron que no cesara, que continuara. Obedecí, y al llegar al momento de la muerte del joven Antoku Tenno, el principe asesinado siento un infante, el estruendo fue mayúsculo. Durante vaior minutos, la concurrencia lloró y gritó emocionada por el tema. Por fin, tras la batahola, escuché de nuevo la voz del noble:

-Noche Hoichi, en verdad que no se ha exagerado tu don y tu virtud. Eres un ser excepcionalmente talentoso y tu interpretación ha sido tan buena, que no podemos dejar de escucharla. Mi corte y yo estaremos aquí por algunos días. ¿Serías tan amable de venir cada noche a cantar para nosotros?

Aquello era un honor, pero por otro lado me metería en problemas. ¿Y si mi mentor se daba cuenta?, ¡Seguro se enfadaría conmigo por salir sin permiso! Sin embargo, aquella oportunidad era única, sólo una vez en la vida se daba actuar ante un noble tal. Así que, sabiendo el riesgo que corría, acepté. Sin más, el hombre me despidio y el samurai me llevó de vuelta a mi hogar justo a tiempo para que el monje no se diera cuenta.

El episodio se repitio una y otra vez a lo larg de varias noches. En cada una de ellas, justo después de la partida de mi tutor, el hombre llegaba y me transportaba de nuevo a la gloria de ser escuchado por tan noble gente. Curiosamente, cada actuación era con el mismo repertorio, y siempre culminaba con la canción Dan-No-Ura, tras lo cual todos rompían a llorar como en la primera ocasión. Me sentía un poco desconcertado por ello, pero supuse que la emoción se debía al sentimiento que le imprimía al tema.

Cierta noche el guardián fue por mi y me llevó de nuevo ante su amo, pero aquella ocasión sería diferente, pues mi sabio maestro llegó antes de lo acostumbrado. Aquella noche llovia a cántaros y el aguacero estaba a punto cuando mi instructor llegó y se dio cuenta de mi ausencia. Según me contó, al ver que no estaba, salió en busca mía acompañado de un ayudante, pero la fuerte lluvia les impidió seguir mis huellas. Aún asi, y con débiles lámparas, me buscaron por todos lados. Tras horas de búsqueda, escucharon mi voz cantar en medio de aquel estentóreo chubasco. Intrigados, se acercaron hacia donde provenía el sonido. Aquello resultaba inverosímil, ya que los caminos que había tomado estaban torcidos e inaccesibles. Eso, aunado a la tormenta, hacñia la entrada al lugar sumamente difícil, más aun para un ciego. Sin embargo, no fue eso lo que les heló la sangre, sino lo que vieron al llegar al lugar donde estaba.

Sentado en una fría losa de piedra gris estaba yo cantando desgarradoramente el tema de la batalla de Dan-No-Ura ante las tumbas de los caídos en dicha batalla. La losa no era otro lugar que la tumbra de Antoku Tenno, el príncipe de los Genjis de Minamoto, muerto hacia cientos de años. Alrededor de mi, las flamas fatuas de los guerreros, cortesanos y sirvientes del clan Genjí se arremolinaban en fúnebres y sombríos lamentos. Yo no sabía nada, pues creía estar en un palacio. Así que al oír la voz de mi maestro gritarme, no pude sino responder como ameritaba la ocasión:

-¡Hoichi!- me dijo -¿Qué haces ahí? ¡Vamonos, larguémonos inmediatamente de éste infernal sitio!

-¿Cómo osáis interrumpirme cuando estoy cantando ante tan noble concurrencia?

-¡Deja ya! ¡No estás ante noble alguno! ¡ESTÁS EN EL CEMENTERIO CANTANDO PARA LOS MUERTOS!

Aquello me causó terrible impresión. No puse resistencia alguna. Mi maestro y l monje me llevaron de vuelta al templo, empapado por la tormenta y por el horror.

Pero aquello no fue el final. A la mañana siguiente, mi maestro me reprendió severamente por mi falta de responsabilidad, para luego echar a llorar poco después, preocupado por mi situación.

-¡Hoichi, mi querido Hoichi!, ¿qué has hecho?, ¿qué no te diste cuenta que te prohibía salir por una razón? ¡Tú no sabes lo que esos fantasmas son capaces de hacer! Sin embargo, ya son varias noches que asistes para cantar ante ellos. Una noche más y tu alma será suya. Te matarán sin piedad y vagarás eternamente en tinieblas igual que ellos.

-¡Oh, no maestro! ¡Por favor, no quiero tener tan triste fin!, ¡os pido perdón por mi irresponsabilidad, pero por favor, hacer algo, ayudadme!

-Veremos que podemos hacer... sí, hay algo, pero requiere de mucha paciencia, exactitud y dolor. ¿Estás dispuesto?

-¡Sí, maestro, lo que sea con tal de no convertirme en un fantasma errante!

Terminando de decir esto, mi noble mentor preparó un ritual para purificarme y salvarme de las garras de aquellos seres. Me desnudó por completo y me sentó en posición de flor de loto. Me ordenó que a partir de ese momento, y hasta que el me lo indicara, no debia moverme de ahi bajo ninguna circunstancia. Yo obedecí. Acto seguido, comenzó a pintar sobre mi cuerpo infinidad de textos piadosos, en los cuales me pretegía y exorcizaba a los espector. Toda la tarde, y parte de la noche tardó aquel minucioso ritual, en el que yo no me movi un ápice. La noche había caido ya y el trabajo no acababa. Mi mentor debía salir como todas las noches, así que dejó a cargo a su ayudante para que terminara el trabajo. Una vez que concluyó, me ordenó que no me moviera. Yo obedecí.

A media noche, las pisadas volvieron. Esta vez acompañadas de un frío sepulcral. La voz del samurai sonaba hueca, de ultratumba:

-¡HOICHI!

No respondí.

-¡HOICHI! ¡Maldita sea, responde!

De nuevo el silencio.

-¿Pero dónde se ha metido el muy bastardo? ¡Hoichi!

Los pasos estaban más y más cerca de mi. Yo estaba aterrado, pero no moví un solo músculo. El samurai estaba junto a mi, podía sentir su frío espectral y le escuché susurrar muy cerca de mi oído:

-¡Ah, ahora entiendo por qué no contesta! ¡No tiene boca para hablar! ¡Lo han sellado y le han vuelto invisible! Pero ele tonto que hizo esto olvidó un pequeño detalle... ¡NO ESCRIBIO EL EXORCISMO SOBRE LAS OREJAS! Bien, entonces esto llevaré a mi amo como prueba de que no he fallado.

Acto seguido, escuché un sonido de la katana desenfundándose. Sentí un terrible dolor en las orejas, mientras un líquido tibio y viscoso cubria mi cuerpo. SIn embargo, pese a todo, no me movi. Los pasos se alejaron y el frío desapareció, pero yo, aterrado, no me moví.

La mañana sorprendio a mi maestro con un terrible espectáculo. En el lugar donde me había dejado estaba yo sentado, con expresión de dolor y terror, mi cuerpo cubierto por los textos del exorcismo y la sangre seca.

-¡Hoichi, mi pequeño Hoichi! ¡Pero qué torpe he sido! ¡He dejado a un ayudante imbécil que no cumplió con su trabajo! ¡Te han arrancado las orejas! ¡Oh, eso ha sido culpa mia! ¡ánimo, esos fantasmas ya se han ido y no volverán a molestarte jamás!

Yo no dije nada, me arrojé sus brazos llorando atemorizado. La pesadilla habia terminado.

Esta es mi historia. Como te dije al principio, creerla es tu decisión. Como epílogo he de decirte que tras mi sobrenatural aventura, la gente a a verme a para escucharme cantarla, pero a partir de ese momento, todos me conocen como "Hoichi, el desorejado"


Espero la hayan disfrutado ... nos vemos la proxima =P ... (que imagino será con el cap de Kuroshitsuji xD)





"Hane ga nai, naze?"
By Rei Magami

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